domingo, 17 de agosto de 2008

Latas con encanto

Una vez me dio por coleccionar latas; latas de cola-cao con el sabor de aquellas latas en las que las abuelas del siglo pasado guardaban los hilos; a mí siempre me llamaron la atención. Otras latas con galletas o caramelos que me impresionaban más que las propias galletas; una vez que las últimas, las que nadie come, ya revenidas habían ido a parar a la bolsa de la basura o al plato del gato, lavaba la lata y era yo quien la rellenaba con hilos o alfileres, como mi abuela. Adorno sí, pero funcional.
Adquirí ejemplares de distintas latas en muchas tiendas y lugares hasta que ocupé demasiados rincones de la casa y me empezaron a cansar. Llené unas con hilos, otras con cremalleras, otras con botones y poco a poco todo mi ajuar costurero quedó perfectamente ordenado dentro de aquellas deliciosas latas que un día habían llamado mi atención. Pasaron los años y las fui colocando casi todas dentro de un armario donde guardo los útiles de la costura. Ahora viven en la sombra.
Aquella manía de coleccionar latas se me había pasado. No compré más, pero las tengo todas guardadas, como quien tiene un tesoro. Eran latas originales, especiales para mí, eran latas con encanto; ahora que esconden objetos de lo más variopinto, siguen siendo latas con encanto.

jueves, 5 de junio de 2008

Zapato sin Cenicienta



Pensé en escribir una historia cuyo protagonista fuera un zapato. Enseguida pensé que esa historia de una princesa que escapaba de un maleficio cuando se dio cuenta de que su lindo zapatito de cristal había desaparecido. No tiene nada que ver con esa fábula. Esta historia no es de hadas y princesas que acaban junto a su príncipe azul. No se parece en nada.
Elena era una joven perseguida que intentaba escapar de un hombre aun a costa de su vida; en la huida perdió un zapato, pero no serviría a su enamorado para encontrarla, sólo serviría para tirar el otro lo más lejos que las fuerzas, ya extenuadas, le permitieron para poder escapar del hombre que la perseguía y de ese modo, poder correr más rápido.
Arturo encontró el zapato perdido y lo cogió entre sus manos. Respiró hondo y una sensación de placer se apoderó de él. No había rastro de Elena por ningún lado. Sus fuerzas cada vez eran más débiles y su velocidad disminuía a medida que aumentaba su fatiga. Pensó que era inútil seguir corriendo; la había perdido de vista. Miró el zapato y decidió que ya tenía algo de ella. Al llegar a casa se miró al espejo y le dijo a la imagen que veía: No soy tan guapo como el príncipe del cuento, pero este zapato me servirá para encontrarla.
Pasaron los años y Arturo seguía pensando en la chica y en la forma de encontrarla. El zapato estaba colocado encima del mueble del recibidor, como un fetiche. Arturo lo miraba y lo tocaba cada día y soñaba que la chica aparecería en cualquier momento, pero Elena, ajena a los pensamientos de aquel hombre que hacía años había dejado de temer, era feliz con su vida y su trabajo y nunca pensó estar en la imaginación de un hombre, protagonizando una versión moderna del cuento de la Cenicienta.

domingo, 18 de mayo de 2008

Paréntesis




Llevo una buena temporada sin escribir ningún relato: el trabajo y otras obligaciones que tengo que anticipar a éstas, hacen que últimamente tenga este blog un pelín descuidado. Intentaré poner remedio a este problema cuanto antes y me pondré dedos a las teclas a escribir algún rollete para decorar mi “Rincón de las historias”. Intrigas, aventuras, amores, luchas de poder y enigmas se entrecruzan en mi mente pugnando por ocupar un lugar privilegiado en el inmaculado papel; sin embargo no consigo ponerme de acuerdo conmigo misma para decidirme por uno u otro. Igual hago una mezcolanza de situaciones e hilvano una historia sin pies ni cabeza, como las que acostumbro a escribir… Nunca se sabe.
Mientras que cuelgo esta especie de disculpa que estoy escribiendo, no sé si con el fin de engañar a alguien o a mí misma, intentaré acercarme un poco más a mi espíritu creativo para sumergirme en algunas vidas y poder narrar sus historias. Algo así como hacer trabajar a mi imaginación en un personaje del que todavía no he pensado ni el nombre. ¿Protagonista? Una mujer, como casi siempre; ¿Nombre? El de alguna persona que me caiga bien ¿La situación? La vida misma. ¿El título? Una frase sugerente y explícita del texto. Unas cuantas frases, una descripción dependiendo del tiempo y de la imaginación necesaria y ya tengo el relato. Sólo tengo que escribirlo y colocarlo en su lugar en esta vitrina para poder ser visto y censurado.
Después de este paréntesis, en cualquier momento llegan las musas a visitarme (las espero desde hace tiempo y ya no pueden tardar) y me pongo a escribir. Ahora que llega la primavera aunque en León ha estado todo el día lloviendo, saldré al campo, a la orilla del río con mi portátil y allí, a la sombra de los avellanos, llegarán ellas llenas de ideas a las que yo sólo tendré que atrapar con mis dedos. Estas frases ya las tengo muy gastadas. Quiero decir que me pondré a escribir como una loca al lado del río que es dónde más me concentro, y que tengo ganas de estar allí, junto al puente de mis sueños. Eso.

jueves, 17 de abril de 2008

El puntiagudo tridente de Lola

Soy la mala de la película. -Se dijo a sí misma Lola cuando vio como reaccionaban sus amigos ante sus pesquisas-, pero me lo estoy pasando en grande viendo como disimulan. Seguían con su romance, ajenos a la mirada inquisitorial de Lola. Ese mismo día puso en su Messenger una foto de un zapato rojo con un tridente por tacón y una de sus frases de las que hacen pensar; cada día sus amigos le preguntaban por aquellas frases que Lola cambiaba a su antojo y no se daban cuenta de que ella disfrutaba al ver como escondían aquel tonteo más propio de una pareja de adolescentes que de dos personas adultas como lo eran Ismael y Pilar.
A Lola le daba igual lo que hicieran, pero le fastidiaba que Gloria, la mujer de Ismael, estuviera confiada pensando en que su marido le era fiel, se identificaba con ella porque vivió con su marido una situación similar y no soportaba que la ninguneara delante de ella o la tuviera ahí para lavarle y plancharle las camisas mientras que él se divertía con su amiga, además, desde que empezaron con el romance, el grupo de amigos que antes eran se había reducido a pareja, a Lola la habían empezado a ignorar, quedando ellos para tomar café y haciendo las reuniones en otros lugares a los que Lola no solía ir, dejándola de lado literalmente.
Casi cada día Ismael iba a visitar a Lola al trabajo con la excusa de algún tema de la asociación a la que ambos pertenecían y que siempre saltaba a la palestra. A Lola le daba la sensación de que su amigo a veces quería decirle algo, pero siempre acababa desviando la atención hacia otro tema que le viniera a la mente, ella también se tenía que morder la lengua muchas veces, porque pensaba que aunque eran amigos, eso no era asunto suyo, el problema sería de Ismael si su mujer se enteraba de su doble vida. Ella no lo iba a juzgar ni a criticar; su amigo era Ismael, no su mujer,. Lo apoyaría incondicionalmente, pero le fastidiaba esa falta de confianza y las mentiras con las que siempre salía del paso “echándole siempre la culpa al trabajo.”
Pilar, además de ser su amiga, también pertenecía a la misma asociación, muy conocida en la pequeña ciudad de provincias donde todos ellos vivían, pero la parejita parecía muy a gusto viviendo en su nube color de rosa que no pensaba en las consecuencias que aquella aventurilla podría tener para todos ellos si salía a la luz. La imagen de la asociación por la cual se habían conocido y por la que todos ellos habían luchado podría verse afectada si un escándalo de este tipo llegara a salpicar a alguno de sus miembros, pero a ellos no parecía preocuparles en absoluto.
Se veían en cualquier cafetería sin importarles quien los veía, paseaban juntos por las céntricas calles a plena luz del día y se hacían carantoñas sin importarles que su amiga o cualquier otro miembro de la asociación estuviera presente. A Lola a veces le resultaba empalagosa tal demostración de amor, ya que se estaban tocando a todas horas, como si el resto del mundo no existiese para ellos, dejando los problemas y los proyectos de la asociación, por la que se suponía que todos luchaban, que pasaran a un segundo plano, y eso ella no lo iba a permitir.
Lola era bastante intuitiva y los pillaba en todas las ocasiones en las que se lo proponía y cuando cualquiera de ellos caía en sus redes investigadoras, Lola sacaba el tridente del demonio que se escondía dentro de ella y los pinchaba ligeramente. Ellos caían en sus trampas sin darse cuenta de que ella disfrutaba con la cacería en la que todos participaban. Lola siempre se enteraba, sin querer, de sus encuentros furtivos. A veces, llamando por teléfono primero a uno y acto seguido al otro, donde se escuchaba el mismo ruido de fondo. Lola, que parecía ser más lista que ellos, o al menos estaba con los ojos más abiertos, los llamaba cuando estaba segura de lo que le iban a contestar. Así los pillaba y los ponía nerviosos.
A Lola no la veían llegar nunca, cuando ellos “iban, Lola venía” y siempre que los miraba los encontraba lanzándose miraditas de enamorados o haciéndose arrumacos. Lola disfrutaba con sus ironías cuando les hablaba en plan sarcástico pero ellos no parecían darse cuenta de las indirectas ni de las preguntas impertinentes de Lola.
-Hoy Lola está borde, déjala. Solían decir cuando Lola no quería ir con ellos de cañas después de haber sido invitada “tarde, mal y nunca”, y Lola aprovechaba para decir:
-Si, hoy me toca “demonio”¿qué le vamos a hacer?
-Pues últimamente todos los días te toca “demonio”, anda que nos podías avisar cuando te toca “ángel” porque así no se te puede decir nada…
-No voy con vosotros, ya sabéis que no quiero molestar; no me gusta pegarme a los grupos cuando no he sido invitada. No quiero molestar a nadie … y no me tiréis de la lengua…
-Estás más boba…, como si hiciera falta que te invitáramos…
Lola disfrutaba jugando al ratón y al gato y no se enteraban de que varias veces al día sacaba el tridente afilado para hacer de demonio y hacer uso del sobrenombre con el que una persona muy querida la obsequió una vez: “Reina de la ironía” para pasarse unas risas a su costa y demostrarles que aunque no le habían dicho nada, ella estaba al corriente de su affaire. Otro día en sus muchos chateos salió el tema de los hombres y las relaciones extra conyugales. A Pilar solo le interesaban los hombres mayores y “casados en su mayoría”, entonces Lola sacó la psicóloga que lleva dentro y le dio unos cuantos consejos a Pilar envueltos en la “ironía” que ya ésta empezaba a conocer.
-… y lo que esta claro es que se acomodan en la vida de casados y les es difícil abandonar; muchas veces lo que buscan es una aventura sin importancia…al final te quedas como vacía, utilizada....te dicen que no pueden vivir sin ti pero la que los acompaña en los actos públicos es su mujer.
-Si, tienes razón, pero ¡cómo te alegra el día una llamadita de teléfono y unos mimitos…! ¡como para renunciar a eso…!
-Anda, búscate uno soltero, guapo y sin malos rollos.
-En eso estoy, solo me falta encontrarlo...
-Que luego se entera la mujer y te saca los ojos.
-Ya me pasó una vez, pero no me sacó los ojos...
-Eres muy joven y tienes toda la vida por delante, además dice una amiga mía que los que a los 30 están libres es porque tienen algo, aunque pienso que los más interesantes son los de entre 30 y 50, te lo digo yo, pero yo casi tengo 40. Tu eres muy joven.
-Pero a mí me gustan los hombres mayores… cuando tenía 20 me gustaban de 40, ¿qué le voy a hacer?
-Yo no puedo engañar a nadie, yo soy más de decir las cosas y terminar la situación. No sirvo para una doble vida.
-Yo lo entiendo, después de muchos años, cuesta cambiar las cosas, no obstante una doble vida, al final acaba cayendo, aunque durante un tiempo tiene su morbo.
A Lola le parecía imposible meterle en la cabeza a Pilar que se buscara un novio normal y dejara sus aventuras con hombres casados. Al fin y al cabo no era su problema, ellos eran sus amigos y la mujer de Ismael era una persona a la que acababa de conocer; no le deseaba lo que le estaba haciendo su marido, pero no sería ella la que pusiera el grito en el cielo. Sin embargo se solidarizaba con ella cada vez que pensaba en ellos dos y decía: “pobre Gloria, estará pensando que su marido está en una de sus múltiples reuniones o en un acto a los que estaba obligado a asistir, mientras se está paseando sin ningún pudor con la amante por todas partes”
Un buen día, cuando a Lola ya le había parecido suficiente y había decidido obviar el tema, y dejar de utilizar la ironía por el Messenger, a Ismael le entró un arrebato de confidencialidad y decido llamarla para decirle “una cosa”pero que haría en otro momento; Lola le animaba a que le contara, pero solo quería hacerlo a través del Messenger. Todavía tenía su última frase sugerente: “El puntiagudo tridente espera el momento, mientras su atuendo rojo realza sus encantos”. Por lo visto, Ismael prefería hacerlo así que frente a frente con una Lola de la que se imaginaba su reacción y sus comentarios. Evitaba ser pinchado con “el puntiagudo tridente”
Pasó un tiempo hasta que Ismael se decidiera a hablar, pero al fin lo hizo. Lejos de juzgarlo –ella no era quien tenía que reprocharle nada- Lola le dio la dirección de su blog y le dijo:
-Entra en Internet en esta página y lee la segunda historia. Mañana la comentamos.
Ismael no supo que decir e imaginó que a Lola le había parecido mal su confesión; tal vez estaba celosa, “igual es que yo le gusto y quería ser ella mi amante” –pensó- y esto le ha parecido mal. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Lola consideraba a Ismael como un amigo y aunque era consciente de su atractivo, ella no sentía nada por él; sus gustos sentimentales iban por otros derroteros.
Leyó la historia “el puntiagudo tridente de Lola” y supo que su secreto estaba a buen recaudo con Lola -aunque seguramente eso ya lo sabía antes de leerla- sabía que ella no diría nada a nadie y comprendió que se lo tenían que haber contado antes, ya que su amiga podía haber sido una buena aliada y por no decírselo había estado expuesto muchas veces a que metiera la pata de forma involuntaria al comentar con Gloria la asistencia a los actos “en los que había estado su marido”
Lola no compartía las infidelidades, pero había casos en los que las entendía. Lola siempre decía: “separación si, traición no”, sabía que el matrimonio de Ismael sólo era de apariencia, aunque ni él ni Gloria se lo habían contado, pero Lola –que llevaba una psicóloga dentro- tenía mucha intuición y no se le escapaba ningún detalle. No pensaba juzgar a sus amigos por haberse enamorado. Ya no volvería a sacar el tridente porque valoró mucho el hecho de que Ismael se había decidido a contarle su historia, demostrándole que tenía confianza en ella, aunque había llegado tarde la confesión. Ella conocía sus pasos gracias a su perspicacia y a que era algo brujilla, pero le agradeció de igual modo que confiara en ella en algo tan personal contándole la historia de la que Lola, aficionada escritora, hacía tiempo que había escrito este relato.

5-octubre-2007

sábado, 15 de marzo de 2008

La calle de la Amargura

Artículo publicado en la revista "Pasión Nazarena"

La pasada Semana Santa, durante la procesión del Encuentro de Jesús Nazareno con Nª Sª de la Soledad, el párroco hizo una alusión a una supuesta calle de la que muchas veces hablamos, pero que no la hemos recorrido. Se trata de la calle “de la Amargura”. Enseguida vinieron a mi mente situaciones en las que se emplea esa expresión para denominar desgracias, pesares o malos momentos... Traer algo o a alguien “por la calle de la Amargura” no tiene mucho que ver con la imagen de la Virgen con ese nombre que en La Bañeza se admira y se lleva en procesión el miércoles Santo.
La Virgen de la Amargura, preciosa imagen de la pena ante la muerte de su Hijo, nos hace ser partícipes de ese sentimiento que ella vive; de su pena por el dolor de su amargura. Las lágrimas que se deslizan por sus mejillas y que nos hace pensar en otra virgen andaluza. Las manos en una actitud de enjugarse dichas lágrimas, sus ropajes ricamente adornados aumentan su belleza, el color verde de su manto realza la luminosidad de su rostro.
Sus “otros atuendos” no nos hacen pensar en una “calle de la Amargura”, sino en un jardín esplendoroso donde cientos de flores parecen brotar de la tierra para ella, la miran, la veneran… la blancura de los gladiolos y la majestuosidad de las rosas parecen emerger del trono para acompañar a la Virgen en su recorrido haciendo su belleza todavía más espectacular.
Las velas encendidas dando luz a todo el conjunto y anunciando a los miles de acompañantes que esperamos con fervor al cortejo, que la Virgen de la Amargura está llegando por cualquiera de las calles preparadas a tal efecto sin ser “la calle de la Amargura” Los cientos de cofrades encapuchados portando el trono de su señora al ritmo de los acordes de la banda de tambores y cornetas hace que todos los presentes enmudezcamos por la emoción.
¡Qué guapa! -dicen unos- ¡Qué flores tan bonitas! -dicen otros- al tiempo que cientos de flashes se disparan para inmortalizar en sus cámaras ese instante en el que los hermanos se acercan con ella por las calles bañezanas, en dirección a la capilla para guardarla hasta una próxima ocasión.
Todos quieren llevarla a hombros; las varas se quedan cortas para acoger a tantos hermanos y muchos de ellos tienen que esperar a otro año para ver cumplido su sueño. Todos han ensayado los pasos a seguir para que la virgen insignia de N.P. Jesús Nazareno luzca radiante. Todos se mueven al mismo compás y la calle se llena de espíritu semanasantero al paso de la Amargura, que no por “la calle de la Amargura”
Una labor de documentación llevada a cabo hace unos meses, me recordó que allá por el año 1995 los bañezanos pedían una calle con el nombre de esta Virgen al conmemorarse, el 25 de marzo de ese año, el 50º aniversario de la llegada de la imagen a la ciudad. Una sonrisa se dibujó en mi cara en ese mismo instante al pensar en lo curioso del nombre, en lo que supone vivir en la calle de la Amargura, y en las personas que se decidieran a hacer allí su casa y poner su dirección en los documentos. Porque, seamos realistas, el nombre despertaría bastantes situaciones curiosas.

jueves, 28 de febrero de 2008

Una actuación más

Relato publicado en la Revista cultural "JAMUZ"
Todo el público está esperando con atención a que la actuación empiece. Las butacas están ocupadas en su mayoría; el acomodador va y viene con algún rezagado que se entretuvo algo más de lo debido en sacar las entradas. Queda algún asiento libre en las últimas filas, pero prácticamente el aforo está completo. Los actores y actrices están acostumbrados a los aplausos y al público, pero cada nueva sesión es diferente a la anterior.
La obra está ensayada para que todo salga a la perfección pero alguna de las nuevas estrellas acaba de pedir una tila para hacer frente a los nervios que amenazan con jugarle una mala pasada. Estoy viendo al apuntador escondido detrás del telón, donde el público no pueda verlo; una obra de teatro no sólo está compuesta de actores, fuera del escenario hay mucha gente trabajando para que todo sea un éxito.
Los decorados aguardan impacientes a que los primeros actores dejen al descubierto las extensas horas de trabajo. El público también está esperando ansioso a que el telón descubra lo que hay detrás. Los acordes de la música llevan un buen rato sonando pero todavía hay que esperar a que el director de la obra dé el permiso para comenzar los primeros pasos hacia el escenario. Se inicia la cuenta atrás: tres, dos, uno… ¡ya!
¡Qué ilusión ver los rostros infantiles ensimismados mirando hacia el escenario! Para ellos todo es nuevo. Los ojos de los niños son tan sinceros que, para un artista, es una gratificación; con ver las caras y los aplausos no necesita más. En Jiménez, un año más, el telón ha dejado ver el trabajo de los que están detrás. Horas y horas de ensayos pero, al final, el resultado es inmejorable. Otro año que se cierra el certamen con aforo total.
Yo sólo tengo que seguir los pasos que los hilos me van marcando. Mi labor es muy lucida pero apenas tengo que hacer nada; sólo tengo que mover mi cuerpo al ritmo que me marcan desde las tablillas, pero el público jiminiego me aplaude con fervor. Todo el éxito me lo atribuyen y yo lo hago mío en un afán de protagonismo que, sin buscarlo, me han concedido en esta actuación.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Mientras cae la lluvia…

Relato finalista en el certamen "Parkinson Astorga 2006"

Sentada ante el ordenador con un nuevo texto ante mí, miré de reojo a mi madre que estaba a mi lado. Era uno de esos días de marzo en los que el reloj no avanza. La lluvia cae insistentemente en la calle, y desde por la mañana me ha parecido que va a anochecer en cualquier momento. Un día gris y aburrido, un día de lluvia.
-Carla, ayúdame
-Ya voy mamá
-Necesito que vengas rápido, porque veo por la ventana a un hombre que creo que es tu padre, quiero que lo llames para que entre, que tengo que hablar con él.
Mi padre llevaba muerto tres años, pero mi madre se empeñaba en reconocerlo en todos los hombres que veía. No había aceptado su muerte. No la recordaba. Su enfermedad la había reducido a una silla de ruedas y a ser para el resto de sus días una “niña” de setenta y nueve años que solo sabía jugar y que no se movía de su sillón.
Yo me sentía fatal cada vez que tenía que decirle que mi padre había muerto, porque ella se disgustaba tanto como si en realidad la hubiera cogido de sorpresa la noticia, lloraba y solo decía que no lo aceptaba, que yo era mala y se lo decía para hacerle daño; me insultaba, se enfadaba conmigo, pero al rato ya se le había olvidado y me volvía a preguntar. Así todos los días. Pero no me importaba, para mí lo primero era mi madre y estaba dispuesta a ayudarla en todo lo que estuviera en mi mano. Sabía que poco o nada mejoraría, todo lo contrario, una enfermedad degenerativa no tiene cura. Solo necesitaba paciencia y gracias a Dios, de esa tenía bastante.
Debido a su enfermedad dejé mi trabajo en la editorial en la que estuve los últimos treinta años, pero teniendo en cuenta mi buen comportamiento y mi situación familiar me permitieron hacer mi trabajo desde casa y mandarles las traducciones por correo electrónico. Un buen invento, pensé aunque tuve que hacer algunos cursillos para poder hacerlo, ya que yo no soy de nuevas tecnologías, soy de las de máquina de escribir Hispano-Olivetti de toda la vida, pero hay que subirse al carro de la informática que es lo que viene pisando fuerte; y heme aquí con más de cincuenta años, yendo a clases con chavalillos de veinte a aprender a manejar “eso del Internet”, “un invento diabólico” según palabras de mi tía Amparo, pero en cualquier caso algo tremendamente útil y necesario en los tiempos que corren.
Aprendí todos estos inventos y me siento la mujer más realizada, aparte del trabajo también chateo por el Messenger con un ciber novio que me he echado, así el poco tiempo libre que me deja el trabajo y el cuidar de mi madre lo dedico a “charlar” con él y de ese modo tengo un aliciente en esta vida gris que llevo. Espero que algún día nos podamos conocer en persona, y quien sabe, tal vez podamos ser novios de los de antes, si no es así seguiremos en el ciber espacio, total, somos felices.
-Ya voy mamá, ahora mismo. Ya se que tienes hambre, ahora merendamos las dos.
-No quiero merendar, quiero que me cuentes otra vez la historia que me contaste antes, que se me ha olvidado, y cuando venga tu novio dile que entre a verme, que lo quiero ver, hace mucho tiempo que no lo veo.
Mi madre seguía pensando en Ramón, el vecino que siempre estuvo enamorado de mí y que harto de mis desplantes se casó con una maestra algo mayor que él. Se imaginaba que estábamos juntos y que éramos novios.
-La historia que te conté ayer era muy aburrida, así que hoy te voy a contar otra mucho mejor, verás como ésta te gusta más.
Poco a poco comencé desgranándole a mi madre una historia extraída de mi último trabajo, un libro de una escritora inglesa, que se ha hecho millonaria gracias a las ventas de sus libros para niños, una historia llena de fantasía que mantuvo a mi madre entretenida toda la tarde, primero escuchando, y luego me preguntaba de vez en cuando como seguía aquella aventura mientras que la lluvia repiqueteaba el cristal de la ventana del salón.
-¿En Londres llueve como aquí?
-Más, en Londres llueve casi a diario.
-Pues entonces yo me quiero marchar de Londres, aunque esa historia que me contaste me gusta, mejor me quedo.
-Mama, no vivimos en Londres, vivimos en un pueblo de la provincia de León, en Londres sucede esta historia que te estoy contando, pero no tiene nada que ver con nosotras.
-¿Tu no tenías una amiga en Londres?
-Si, Ana.
-¿Por qué no viene algún día a verme?
-Es que Ana trabaja y Londres está muy lejos de aquí.
-Ah, pues podemos ir nosotras.
-Bueno, podemos ir… con la imaginación ¿vale?
-Vale.
-Pues cierra los ojos, pero no me hagas trampas, yo también los cierro, me agarras fuerte fuerte de las manos, que vamos a Londres. Sujétate bien a mí que el avión va a despegar. Ya casi estamos llegando.¡qué lástima que ya es tarde para tomar el té! ¿Sabías mamá que en Londres todo el mundo toma el té a las cinco en punto?
-¿Siiií? pues lo tomamos también nosotras, pero con pastas ¡que tengo un hambre!
-Voy a prepararlo. Ahora mismo vengo y te sigo contando.
Mi madre era como una niña, pero yo trataba en todo momento de que fuera feliz y creo que lo estaba logrando, juntas jugábamos, le contaba cuentos, la hacía reír y a veces la engañaba, pero ella era feliz. Mientras el agua empezaba a hervir busqué dos tazas bonitas para que todo fuera diferente, para eso estábamos en Londres, ¡no faltaba más!, yo que compro las tazas de dos en dos, las tengo de muchas maneras.
-Mierda, exclamé al ver que mi taza favorita estaba hecha añicos en el suelo de la cocina, no se que me pasa en las manos que todo se me cae. Cogeré otras.
-Este té está delicioso, ¡como se nota que estamos en Londres!
-me alegro que te guste mami, a mí también me gusta mucho, le dije de forma distraída mientras pensaba en mi taza rota y en la forma en que se me había caído de la mano, no, no puedo pensar eso, es que estaba pensando en “nuestro viaje a Londres” y me despisté, eso es enfermedad de viejos y yo, solo tengo cincuenta y tres años. Es imposible.
-Carla, estas pastas inglesas están riquísimas, ¿tu no comes?
-Si, claro están muy buenas.
-Pues yo quiero otra de chocolate, me la pones en el dedo, que me gusta.
-¿así?
-si.
Medité durante toda la tarde el suceso de la taza y las conclusiones a las que llegué no me gustaron nada. Me senté frente al ordenador para ver si al pulsar las teclas notaba algo raro, pero no, todo estaba bien. Sin embargo, el día que vaya con mamá al médico se lo tengo que contar. Él descartará cualquier posibilidad, o dará un diagnóstico más acertado que el mío.
Durante las semanas siguientes tenía otra ocupación más, vigilar mis manos para ver su comportamiento. No sabía si era producto de mi imaginación o realmente me temblaba el pulso más que antes, pero ya tenía ganas de que llegara el día veintitrés para que el doctor Espinosa me tranquilizara, o me preocupara aún más.
Llegó el tan temido día y tras unas cuantas preguntas y ver su cara comprendí que una terrible enfermedad se estaba apoderando de mí, del mismo modo que otra terrible enfermedad se estaba apoderando de mi madre. Mi fortaleza se vino abajo, yo con Parkinson, en su fase inicial pero ahí estaba, y en mi mente una sola pregunta. ¿quién cuidará de mi madre? No pude más y rompí a llorar.
-No llores, que no es tan grave. Apenas tienes un tenue indicio de la enfermedad. No te impedirá hacer vida normal. Además suponiendo que se te desarrolle del todo tienen que pasar unos cuantos años, y tal vez para entonces…
-No me engañes, sabes que no lo soporto.
-No te estoy engañando, te estoy diciendo la verdad. Tu me conoces y sabes que nunca engaño a mis pacientes; menos a ti, que además eres mi amiga. Se está avanzando mucho en el conocimiento de esta enfermedad, y se espera que en un futuro no muy lejano se cure, o al menos se atenúen tanto sus síntomas que apenas se note su presencia.
- ¿Me lo dices para tranquilizarme?
- No, te lo digo porque es verdad.
Después del mazazo que supuso el diagnóstico que me dio David, y de su tranquilizadora conversación, me fui para casa con la mente llena de pensamientos contradictorios. Estaba llena de preguntas sin respuesta, augurando un futuro incierto en el que lo que más me preocupaba era mi madre. No sabía si las palabras de David serían del todo ciertas o sería que me hablaba desde la posición del amigo y no desde la del doctor. Sólo me quedaba esperar, vivir día a día viendo que no estaba tan mal como yo había pensado, que solo me temblaban las manos si estaba nerviosa.
Ánimo, resignación, paciencia, valentía para enfrentar lo que venga y siempre mirando hacia adelante, me repetía a mí misma cada día al levantarme de la cama. Esos deseos me hacían pasar el día con la sonrisa en los labios y pensando en la cantidad de personas que están peor que yo, en mi madre, que empeora por momentos, y en todas esas personas que tienen que luchar con enfermedades peores que la mía, que las hay.