martes, 25 de noviembre de 2008

Voces de mujer

Quiero aportar mi granito de arena a esta causa, con una poesía que escribí con motivo de un día de la mujer. La presenté a un concurso y quedó finalista. Recientemente la he publicado en mi poemario "Atrapando Versos" y hoy quiero compartirla con todos vosotros. Al mismo tiempo, quiero hacer que mi voz llegue lejos, que llegue a todos los corazones de hombres maltratadores y evite cualquier tipo de violencia contra las mujeres. Hoy, en el día internacional contra la violencia de género, quiero dedicar estos versos a la causa. Ojalá que nunca más se repita y mis versos queden vacíos, sin sentido. En ese caso, habrá merecido la pena.

Voces de mujer

Son las voces de mujer
que nadie quiere escuchar,
que sienten sobre su piel
el odio y la enemistad.
Por parte de quienes quieren
por quienes todo lo dan
ellos las maltratan, las hieren
atentan su voluntad.
Esas mujeres obedientes
que solo saben callar,
que tienen con sus maridos
“obligación de respetar”
que hacen lo que ellos quieren
y sin poder protestar.
Tienen miedo, pero mienten
encubriendo a su agresor
hay algunas, son las menos
que hasta les dan la razón;
saben que si lo denuncian
la situación empeorará
y esconden entre sus sábanas
a aquél que las va a matar.
Hoy yo dedico mis versos
a las que más hay que ayudar.
Saber lo que están sufriendo
y ponerme en su lugar
viviendo con su asesino
que jura que no se repetirá.
Y cuando sale en el diario
su nombre en una esquela
¿la creerán así en el juzgado?
No, “se cayó por la escalera”...

Y ¿qué aprenden esos hijos
al ver a su padre actuar?
¿a imitarlos en el futuro?
Aprenden a maltratar.
Hay que educar a esos niños
que aprendan a respetar
que no intenten de mayores
abusar de su superioridad.
Que todos somos iguales
que nos tenemos que amar.
Que nadie es dueño de nadie
hay que hacérselo entender,
y acabar con este infierno
que las hace padecer,
quien dice que las quiere
que sobre ellas tiene el poder.
Hay que acabar de algún modo
con toda esta crueldad
si todos hacemos algo,
la situación mejorará.
Con solo escuchar sus quejas
con tenderles una mano
abriremos el camino
que ellas están esperando.
Que siempre en una mujer
hay que saber respetar
sus derechos, sus ideas
sus maneras de actuar.



jueves, 20 de noviembre de 2008

No a la pornografía infantil

Como en este blog lo que publico son relatos, he querido sumarme a esta iniciativa con esta pequeña aportación. Hace una semana publiqué en El Mirador "monstruos con apariencia humana"

Hay que erradicar esta lacra que azota a nuestra parte de la humanidad más indefensa: los niños. No podemos permitir que monstruos así sigan viviendo impunemente entre nosotros. Si con esta iniciativa podemos hacer algo, habrá merecido la pena.

Por nuestros niños, nuestro futuro

Juanmi llegó a casa y, tras mirar como sus hijos dormían plácidamente, dio un beso distraído a Clara y se retiró al cuarto donde tenían el ordenador. Cada noche, después de tomar el café en el bar de siempre, volvía a casa y sus movimientos eran idénticos. Abría el explorador y escribía las palabras con las que accedía a su lugar de perversión. Llegaba sediento de las imágenes infantiles con las que lograba saciar sus más bajos instintos. Clara estaba viendo una película y no lo molestaría.
Escribió “angels” y rápidamente el buscador lo llevó a otro lugar, no al que Juan esperaba. A continuación escribió “lolitas” "boylover", "preteens", "girllover", "childlover", "pedoboy", "boyboy", "fetishboy" "feet boy" y, como si de una conspiración contra él se tratara, comenzaron a salir ventanas emergentes con todos los blogs de una red que se había creado con el fin de acabar con la pornografía infantil. Juanmi maldijo aquel aparato y decidió buscar en su lista de favoritos. Sabía que allí no tendría ningún problema, sus amigos virtuales no podrían haberse aliado contra los internautas que pretendían darle su merecido.
Después de un intento fallido, probó otra opción y tampoco obtuvo el resultado que esperaba. Todo internet parecía haberse puesto en su contra. Parecía que se había instalado en el ordenador algo extraño: -un spyware- pensó, pero no le dio importancia. Siguió buscando, cada vez con más desesperación, sus fotos de niños para engrosar su colección. –El ordenador está raro- se dijo a sí mismo y salió a preguntarle a Clara si sabía algo.
-No, ya sabes que yo no te toco tu ordenador.
-Parece que tiene un virus o algo extraño.
-Pues llévalo mañana a que te lo miren.
-Imposible, me hace falta hoy para terminar el informe que me encargaron. No puedo esperar a mañana.
Salió de mal humor de la estancia y volvió a intentar entrar en aquellas páginas que le acababan de recomendar. Tecleó de nuevo las palabras en el buscador y siguió igual. Una maldición hizo que se fijara en una página que no había visto hasta entonces: era el blog de una persona muy preocupada con los derechos humanos, principalmente de los niños que mostraba al mundo entero y sobre todo a personas como Juanmi su repulsa hacia los que tan pocos escrúpulos tenían.
Este anónimo bloguero se preocupó de difundir por todo el mundo el cartel en contra de la pornografía infantil y las palabras con las que los pervertidos solían acceder al material fotográfico. Al mismo tiempo, mediante un sistema de espionaje, consiguió acceder a las direcciones IP de muchos de aquellos monstruos con apariencia humana que, cada noche se asomaban al balcón de internet con tan ruines intenciones. Así, con el spyware que se fue introduciendo en los equipos de los pedófilos, se fue informando a la policía y poco a poco fueron cayendo uno tras otro.

martes, 11 de noviembre de 2008

Hoy no sé que escribir

Nada en mi mente. El espacio creativo de mi imaginación está pasando por un momento de apatía. Demasiados come-cocos en mi cabeza y el espacio que celosamente guardaba para mi creatividad se ha visto brutalmente invadido por unos problemas que me tienen sumergida en un mar de dudas; en el abismo más profundo. El tiempo que, por estas fechas, todos los años dedicaba a las reflexiones mundanas, se ha visto irrumpido por otras cuestiones que, sin ser más importantes, no se pueden hacer esperar.
El maestro Joaquín me susurra al oído melodías que me hacen subir el ánimo, sin ánimo de sacarme de mis ensoñaciones pero con ánimo de sacudirme la pereza y componer algo decente. A veces, demasiadas, me siento directa destinataria de sus sátiras. Me amoldo al personaje que se dibuja en el sonido y me siento excepcionalmente feliz. Después de divagar por sus notas y de acompañar en los coros en solitario a tan insigne artista; imagino retazos de mi vida y encuentro una extraña similitud entre la auténtica destinataria y una simple admiradora de las palabras del canalla por excelencia de la voz rota.
Sigo sin saber que escribir. Sigo pensando que no encuentro tema con el que rellenar mi casi abandonado blog. Cualquier tontería que decore un estante más de mi rincón y llene otro espacio vacío de mi vida, otra deliberación más que se une a las ya demasiadas que componen este espacio que a veces mimo y a veces dejo a merced de la desidia y el abandono más absoluto.
Hoy no sé que escribir pero los dedos se deslizan por el teclado y la mente en su afán por pensar, deja una retahíla de palabras que, como tantas veces, no dicen nada.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Mis andanzas por el país de los enanos



En uno de mis viajes a los reinos mágicos, aparecí de improviso en un país en el que todos los hombres eran enanos. Las casas eran diminutas y para ellos todo estaba tan alto que no llegaban a las alturas ni siquiera subiéndose a un taburete. Los árboles eran inmensos y parecían monstruos cuando se hacía de noche. Los habitantes de aquel país medían medio metro y vestían de una forma un tanto extraña. Siempre de rayas; vestimenta que, al ojo, los hacía más diminutos todavía.Yo no soy alta, pero mido uno sesentaypico y aquellas miniaturas, con cara de pocos amigos me hacían gracia. Llegué a entablar conversación con alguno de ellos y pude comprobar que tenían muy mala leche.
-Ya sé, son los enanitos de Blancanieves.
-¿Cómo se llamaba el que siempre estaba enfadado?
-Sí, ya me acuerdo, Gruñón. Hace tantos años que no leo cuentos que se me ha olvidado.
Me acerqué sigilosa a preguntar a uno bastante viejo que dormía plácidamente a la sombra de un pinar y de un salto, como movido por un resorte, se colocó a mi lado y con cara de pocos amigos me dijo:
-Lárgate de aquí, que en este pueblo mando yo y no permito que nadie venga a perturbar mi sueño.
-Disculpe señor…
-Ni señor ni leches. Tu ¿De dónde has salido?, ¿Quién eres y qué haces aquí?, ¿Cómo te atreves a despertarme de mi siesta?, ¿Tu sabes quién soy yo?

-Pues no, señor. Era lo que trataba de hacer. Mire yo he llegado aquí por esa carretera de ahí y de pronto me he visto en un pueblo muy raro.
-¿Raro? Lo único raro que hay aquí eres tú. No te permito que vengas a alterar la paz a un lugar tranquilo, gigantona. Aquí vivimos muy felices y no queremos gente como tú. Márchate ahora mismo por donde has venido. Este pueblo es mío y no te permito que estés aquí ni un segundo más.
-Pues no me pienso ir. A mí me gusta mandar y en este pueblo, como soy la más grande no creo que tenga ningún problema. El enano cada vez estaba más enfurecido. Su enorme cabeza estaba roja de ira y hacía un ruido extraño con la boca; parecía que me quería comer de un bocado. Yo no le tenía miedo porque me llegaba a la rodilla, pero estaba tan enfurecido que decidí marcharme a probar suerte con otro. -Seguro que éste es el enano Gruñón – pensé, tiene toda la pinta de ser el Cascarrabias al que los demás dejan solo para que desahogue su ira debajo del pino.
A medida que me fui adentrando en el pueblo, empecé a ver que tenía mucho encanto. Monumentos interesantes, una preciosa plaza y un puente que nada más verlo me resultó familiar. Las casas eran del tamaño de una ciudad normal y todo parecía de tamaño normal excepto aquellos seres diminutos que parecían ser los únicos pobladores de aquel extraño lugar. Seguí andando con la certeza de que encontraría gente “normal”.
No había andado dos pasos cuando desde la terraza de un bar, me llegaron unas voces que me hicieron mirar hacia allí. Era una mesa diminuta, de unos quince centímetros de alta y alrededor de ella, con unas tazas, como de juguete, había unos seis hombrecillos de aquellos en lo que parecía ser una estampa habitual del lugar.-Aquí me puedo quedar porque puedo ser útil –pensé. Cuando tengan que limpiar las campanas de esa iglesia, o para colocar bombillas de colores en las fiestas, para recoger la fruta de los árboles o en mil ocasiones en las que necesiten llegar a un lugar alto.
Me acordé de las palabras del Cascarrabias, cuando me llamó rara. Realmente yo en aquel extraño lugar era rara, muy rara. Los hombrecillos del bar me miraron asustados, como si hubieran visto un fantasma, pero yo me acerqué a ellos en son de paz.
-No temáis, no os haré daño.
-¿De qué extraño lugar vienes y que es lo que quieres de nosotros? No nos hagas daño.
-No. No os haré daño. Os contaré lo que me ha pasado, ¿vale?
-Vale, dijo uno con cara de buena gente.Me senté en el bordillo para no ser tan alta y les conté mi aventura. No daban crédito al pensar que en mi país toda la gente fuera tan alta como yo y más. –Algunos miden hasta dos metros- les dije; como cuatro de vosotros. Me invitaron a uno de sus mini-cafés, con una mini-rosquilla y me lo tomé. Así pasé algo más de una hora con ellos y nos hicimos amigos. No paraban de preguntarme cosas de mi país y se quedaban con la boca abierta cuando les contaba el tamaño de las cosas. No se lo podían creer.
Cuando más amena estaba la conversación llegó el Cascarrabias y con muy malos modales intentaba que me fuera y que los hombrecillos no hablaran ni una palabra conmigo.
-Ya te he dicho que aquí, en este pueblo mando yo y que te largues ahora mismo. Llevas aquí mucho tiempo y no te permito que envenenes a mis hombres con tus ideas locas.
-Usted no les puede prohibir hablar con quien quieran.
-Ellos viven tranquilos y hacen lo que yo les diga.
-Están muy a gusto hablando conmigo y me han pedido que me quede un tiempo en esta ciudad, hala.
-¿Quéeeeeee? Refunfuñó, echando saliva por la boca.
-Lo que ha oído, que me quedo. Y me pienso quedar a dormir en esa casona grande que hay en la plaza. Ellos me han dado su permiso.
-De eso nada. Esa casa es mía y no doy autorización para que un monstruo como tu entre en ella. Vete a tu horrible país de gigantes y no vuelvas nunca.
-Tranquilo Taponín-, dijo uno de los hombres más amables.-No te alteres. Déjala que se quede esta noche y mañana ya veremos que hacemos. Es muy tarde y no puede marchar ahora que se va a hacer de noche. Que se quede en la casona y mañana hablamos con ella, pero no seas tan refunfuñón hombre, que va a pensar que eres mala persona.
-Que piense lo que quiera. A mí que me importa.
-No se preocupe Don Taponín. Verá que mañana hablaremos más relajados y… tal vez le de una razón para que no me quiera echar de aquí.
-No pienso hacer tratos con una gigantona. Mañana te vas y te vas. Da gracias a estos mataos que tengo que me han convencido, pero mañana a las ocho de la mañana te vas. Uno de los enanos más amables, Jacobín, me llevó a la que sería mi habitación por una sola noche, de momento. Me enseñó la estancia y me quedé maravillada con los muebles, cuadros y tapices que allí había.
-Si parece un palacio. Por fuera es una casa bonita, pero no me imaginaba que por dentro fuera así. Es una preciosidad. Me gustaría quedarme aquí mucho tiempo, pero mucho me temo que el Cascarrabias no me lo permitir
-Esta será tu habitación. No sé si habrá algo de ropa que te puedas poner. No creo, pero en ese armario igual hay algo que te sirva – me dijo mostrándome un armario muy antiguo.
-Gracias, no sabes cuánto te lo agradezco.
-Es un honor para nosotros tener una invitada como tu. Disfruta de esta estancia y si nos lo permites más tarde vendremos a verte.
-Fíjate que te lo pensaba pedir yo. Se me haría muy larga la noche aquí sola.
-Pues vendremos unos cuantos, con nuestras mujeres y te hacemos compañía un rato.
-Gracias, no sé cómo te lo voy a pagar…
-Nosotros a ti, has traído alegría a una ciudad sin vida. Desde que manda este, nos tiene a todos sometidos a sus caprichos. Se piensa que le pertenecemos y que tenemos que hacer lo que él nos diga.
-¿Y eso? No podéis permitir que os dé órdenes. Sólo faltaba. En mi país esto no pasa. Manda un señor, es cierto pero cuando algo no nos gusta se lo decimos y no le queda más remedio que cambiarlo. Si no lo cambia, lo cambiamos nosotros a él.
-¿Cómo dices? ¿Lo cambiáis? Nosotros no podemos decirle nada, porque manda él. Nosotros somos sus siervos.
-Ah, no no. Eso en mi país es impensable- dije.
Poco a poco le fui contando los detalles de la forma de gobierno existente en mi país y el hombrecillo abría unos ojos como platos. No daba crédito a lo que escuchaba.
-Jo, ya podía ser aquí también así. Yo me presentaría para que me eligieran como mandón.
-No se dice mandón, se dice Presidente si es el que manda en el país y alcalde al que manda en la ciudad o pueblo.
-Bueno, pues eso. Báñate si quieres y manda que te preparen algo de cenar, que voy a cenar con mis hijos y mi mujer y a avisar a más gente. En dos horas venimos para pasar la velada contigo.
Así Jacobín se fue hacia su casa, no sin antes dejar dicho a alguien que yo me quedaba allí y que me trataran bien. No tuve ninguna queja ya que una amable mujer me preparó una deliciosa cena y me dejó unos trajes de princesa que, aunque no me veía con ellos puestos, me permitieron deshacerme por un buen rato de mis ajustados vaqueros. Elegí uno de color granate que era más o menos de mi talla y la imagen que me devolvió el espejo no me desagradó. Me peiné el pelo con un cepillo que parecía surgido de otra época y lo dejé suelto cayendo sobre los hombros. –Parezco una dama medieval, pero me gusta. Estoy distinta.
Bajé al gran salón y allí congregados había docenas, cientos de hombrecillos de aquellos que, curiosos, me miraban embobados. –Qué grande, se oía cuchichear entre los presentes. –Es enorme. Todos querían acercarse a mí y hacerse fotos conmigo. Parecía que nunca habían visto nada igual. Y yo me sentía como una reina ante su séquito, con aquellas ropas increíbles , con música de fondo y en medio de aquella diminuta multitud…
-Creo que me voy a desmayar de tanta felicidad. Cuando se lo cuente a mis amigas no se lo van a creer. Dirán que es otra de mis fantasías, que como no tengo novio me dedico a fantasear historias de hadas y príncipes azules. Pues en esta historia no hay. Son todos feos, enanos, con barbas, con barriga, cabezones…, que no, que no son mi tipo. Que en mi mundo tal vez, pero aquí no encuentro novio.
Cuando cesó la música los enanos querían hablar y presentarse, pero eran tantos que muy fácil nos darían las tantas y no terminaríamos. Ante tal cuestión, Jacobín cogió el móvil y llamó a Taponín para pedirle permiso para quedarme hasta el domingo. A regañadientes el Cascarrabias aceptó, no sin antes hacernos prometer a Jacobín y a mí que haría todos los trabajos que por cuestión de altura yo podía y ellos no. No dudé ni un instante en aceptar y así me quedé en aquel mágico lugar unos cuantos días más. Semanas, tal vez meses. No sabría decir, porque poco a poco me fueron cogiendo cariño y se daban cuenta de que necesitaban a una persona “alta”.
Pasaron los meses y me fui enterando de todos los detalles de aquellos personajes. Así supe que antiguamente en aquel lugar no vivían enanos. Eran personas de una estatura normal. Hacía muchos muchísimos años una extraña maldición se apoderó del lugar y el único habitante que quedó vivo tras una larga y cruenta guerra, se hizo dueño y señor de la entonces villa.
Jacobín me contó la historia por la que aquel extraño lugar era… tan extraño. La historia era así: Un hechicero llamado Mierdín y algo aficionado a la brujería, que no demasiado experto, hizo un conjuro con el fin de apoderarse del lugar en el que sus padres habían ejercido de criados a cambio de unas cuantas palizas y un mendrugo de pan. Harto de que todos los habitantes fueran ricos y él pobre, tejió un plan para que las cosas cambiaran y la suerte estuviera alguna vez de su parte. Comenzó a echar a una enorme perola todo tipo de ingredientes sin reparar en la cantidad y calidad de los mismos. Cuando estaba hirviendo, sacó la perola a la plaza grande y conjuró a las nubes. Las nubes comenzaron a echar agua que se impregnaba de los efluvios que salían de la perola. Cuando el agua se evaporó comenzaron los problemas. La gente de la villa, al respirar aquellos vahos, se sintió mal. Tenía unos extraños mareos y convulsiones que, irremediablemente los llevaron a la muerte. Antes de morir, el viejo Arritmio, invocó a las fuerzas del mal y de sus labios, casi inertes, salió un terrible conjuro que fue a parar al pecho de Mierdín
El lugar quedó sembrado de cadáveres que Mierdín, con ayuda de una pala fue enterrando a las afueras de la población. Sólo quedó vivo él y una mujer fea y desdentada que por su condición no encontró novio con el que casarse. Mierdín estuvo años estudiando el modo de deshacerse de ella, como lo había hecho con el resto de habitantes, pero cuando tenía preparada la sentencia ejecutora, le daba pena y se volvía atrás. Así pasó el tiempo y a falta de una guapa, Mierdín se apañó con lo que había. Tuvieron tres hijos. Pasaban los años y notaban que aquellos hijos, aparentemente normales, no crecían. Preocupados Mierdín y su esposa, fueron a un médico de la capital. El médico le diagnosticó una enfermedad llamada malalechenvidisivergoncería. La enfermedad se iría manifestando a medida que pasara el tiempo y los afectados encogerían hasta medir de treinta a cincuenta centímetros y la cabeza les crecería de manera desproporcionada. Lo malo es que esta enfermedad se trasmitiría de generación en generación y todos sus sucesores la padecerían.
Mierdín quiso saber a qué se debía aquella extraña enfermedad y el médico le dijo que debido a un conjuro que habían hecho hace tiempo y que había tenido consecuencias desastrosas para todos los que portaran sus genes. El médico le estuvo dando más detalles, sin embargo, Mierdín supo rápidamente el motivo de aquella alteración genética que sufrían sus hijos y que padecerían todos sus sucesores.
Maldijo a todos los espíritus y se echó las manos a la cabeza perturbado por el futuro que les esperaba a los suyos. Tienen todo lo que hay en estas tierras- dijo. El poder siempre será de nuestra familia, y las tierras, y los títulos, y las propiedades y todo. Nadie me podrá quitar nunca más nada.-Dijo con una estrepitosa sonrisa. Todo es mío. No me importa esta desgracia, tengo lo que más quería: poder y dinero. Con el dinero que tenemos dará igual que mis hijos sean feos o guapos.
Cuando Mierdín comenzó a sentirse mayor, allá por los 70 años, redactó un testamento muy especial: el mayor de los hijos heredaría el poder; el mandato sobre los demás y una cuarta parte de los bienes, el segundo la mitad de los bienes y el tercero la cuarta parte restante. Si había más hijos, para esos no había herencia a menos que alguno de sus hermanos quisiera compartir la suya. Si eran mujeres, nada. Su cometido era casarse con hombres ricos, y si no lo conseguían, no tenían derecho a nada ni servían para nada; simplemente eran idiotas y lo mejor era matarlas. En todo caso, tanto esto, como el reparto con el resto de hermanos, era opcional. Si la herencia no se cumplía, una serie de desgracias se cebaría en todos ellos menos en el mayor, que en ese caso, heredaría todo. Aparte, todos vestirían de rayas.
Así, quince o veinte o treinta generaciones después llegó Taponín con sus aires de grandeza, sus ínfulas y sus ganas de mandar. Por derecho de la herencia familiar redactada por su taratatatatarabuelo Mierdín le correspondía una parte de los bienes de la familia y el ansiado mando, que era lo más codiciado del legado. Algunos hijos pequeños no habían dudado en matar al heredero para asegurarse, al menos, una parte de la herencia. Taponín había matado a su único hermano para quedarse con todo. Todos los habitantes de la ciudad, parientes entre sí, estaban a las órdenes de Taponín. Incluso la policía, estaba supeditada al mandato de Taponín y su crimen quedaría impune, como siempre.
No dejaría a nadie inmiscuirse en sus cosas ni en sus formas de gobernar. Sin embargo, cuando se acostó esa noche, se miró al espejo y se imaginó el rostro de su antepasado. Sabía la historia porque la había oído relatar en múltiples ocasiones y siempre conservó ese lado déspota y autoritario que heredara de Mierdín, pero esa noche, había tenido el presentimiento de que a su muerte, que no veía lejana, algo cambiaría en la ciudad.
Yo, como no tenía prisa y nadie me esperaba, decidí quedarme para ver en lo que paraba la historia. Tenía curiosidad por conocer el futuro de aquellos extraños amigos que me trataban como a una princesa y cada día me contaban una sorprendente e interesante historia.

domingo, 17 de agosto de 2008

Latas con encanto

Una vez me dio por coleccionar latas; latas de cola-cao con el sabor de aquellas latas en las que las abuelas del siglo pasado guardaban los hilos; a mí siempre me llamaron la atención. Otras latas con galletas o caramelos que me impresionaban más que las propias galletas; una vez que las últimas, las que nadie come, ya revenidas habían ido a parar a la bolsa de la basura o al plato del gato, lavaba la lata y era yo quien la rellenaba con hilos o alfileres, como mi abuela. Adorno sí, pero funcional.
Adquirí ejemplares de distintas latas en muchas tiendas y lugares hasta que ocupé demasiados rincones de la casa y me empezaron a cansar. Llené unas con hilos, otras con cremalleras, otras con botones y poco a poco todo mi ajuar costurero quedó perfectamente ordenado dentro de aquellas deliciosas latas que un día habían llamado mi atención. Pasaron los años y las fui colocando casi todas dentro de un armario donde guardo los útiles de la costura. Ahora viven en la sombra.
Aquella manía de coleccionar latas se me había pasado. No compré más, pero las tengo todas guardadas, como quien tiene un tesoro. Eran latas originales, especiales para mí, eran latas con encanto; ahora que esconden objetos de lo más variopinto, siguen siendo latas con encanto.

jueves, 5 de junio de 2008

Zapato sin Cenicienta



Pensé en escribir una historia cuyo protagonista fuera un zapato. Enseguida pensé que esa historia de una princesa que escapaba de un maleficio cuando se dio cuenta de que su lindo zapatito de cristal había desaparecido. No tiene nada que ver con esa fábula. Esta historia no es de hadas y princesas que acaban junto a su príncipe azul. No se parece en nada.
Elena era una joven perseguida que intentaba escapar de un hombre aun a costa de su vida; en la huida perdió un zapato, pero no serviría a su enamorado para encontrarla, sólo serviría para tirar el otro lo más lejos que las fuerzas, ya extenuadas, le permitieron para poder escapar del hombre que la perseguía y de ese modo, poder correr más rápido.
Arturo encontró el zapato perdido y lo cogió entre sus manos. Respiró hondo y una sensación de placer se apoderó de él. No había rastro de Elena por ningún lado. Sus fuerzas cada vez eran más débiles y su velocidad disminuía a medida que aumentaba su fatiga. Pensó que era inútil seguir corriendo; la había perdido de vista. Miró el zapato y decidió que ya tenía algo de ella. Al llegar a casa se miró al espejo y le dijo a la imagen que veía: No soy tan guapo como el príncipe del cuento, pero este zapato me servirá para encontrarla.
Pasaron los años y Arturo seguía pensando en la chica y en la forma de encontrarla. El zapato estaba colocado encima del mueble del recibidor, como un fetiche. Arturo lo miraba y lo tocaba cada día y soñaba que la chica aparecería en cualquier momento, pero Elena, ajena a los pensamientos de aquel hombre que hacía años había dejado de temer, era feliz con su vida y su trabajo y nunca pensó estar en la imaginación de un hombre, protagonizando una versión moderna del cuento de la Cenicienta.

domingo, 18 de mayo de 2008

Paréntesis




Llevo una buena temporada sin escribir ningún relato: el trabajo y otras obligaciones que tengo que anticipar a éstas, hacen que últimamente tenga este blog un pelín descuidado. Intentaré poner remedio a este problema cuanto antes y me pondré dedos a las teclas a escribir algún rollete para decorar mi “Rincón de las historias”. Intrigas, aventuras, amores, luchas de poder y enigmas se entrecruzan en mi mente pugnando por ocupar un lugar privilegiado en el inmaculado papel; sin embargo no consigo ponerme de acuerdo conmigo misma para decidirme por uno u otro. Igual hago una mezcolanza de situaciones e hilvano una historia sin pies ni cabeza, como las que acostumbro a escribir… Nunca se sabe.
Mientras que cuelgo esta especie de disculpa que estoy escribiendo, no sé si con el fin de engañar a alguien o a mí misma, intentaré acercarme un poco más a mi espíritu creativo para sumergirme en algunas vidas y poder narrar sus historias. Algo así como hacer trabajar a mi imaginación en un personaje del que todavía no he pensado ni el nombre. ¿Protagonista? Una mujer, como casi siempre; ¿Nombre? El de alguna persona que me caiga bien ¿La situación? La vida misma. ¿El título? Una frase sugerente y explícita del texto. Unas cuantas frases, una descripción dependiendo del tiempo y de la imaginación necesaria y ya tengo el relato. Sólo tengo que escribirlo y colocarlo en su lugar en esta vitrina para poder ser visto y censurado.
Después de este paréntesis, en cualquier momento llegan las musas a visitarme (las espero desde hace tiempo y ya no pueden tardar) y me pongo a escribir. Ahora que llega la primavera aunque en León ha estado todo el día lloviendo, saldré al campo, a la orilla del río con mi portátil y allí, a la sombra de los avellanos, llegarán ellas llenas de ideas a las que yo sólo tendré que atrapar con mis dedos. Estas frases ya las tengo muy gastadas. Quiero decir que me pondré a escribir como una loca al lado del río que es dónde más me concentro, y que tengo ganas de estar allí, junto al puente de mis sueños. Eso.