Cada año me hago el firme propósito de hacer algo que debería hacer: adelgazar uno o dos kilos, ir al gimnasio, correr todos los días, hacerme un chequeo médico, escribir otro libro y tantos y tantos planes que comienzan con el final de cada año, como proyecto para el siguiente, sin embargo, la imaginación vuela demasiado rápido para los gustos del esfuerzo que implica la realización de cada una de esas obras que con cada uva se instalan en nuestro pensamiento.
Llega el día 1 y, como es festivo, las obligaciones empiezan “mañana” y así se van perdiendo los días en los que deberíamos estar cumpliendo con aquella obligación moral con la que comenzábamos el año. Estamos a 17 y todavía no me he propuesto nada de lo que pensé hacer. No sé si echarle la culpa al tiempo, a la falta de tiempo, a la confortabilidad del sofá, al exceso de actividades más gratificantes que me absorben el tiempo libre, etc. La cuestión es que todo sigue sin hacer.
He leído por ahí en unos cuantos blogs y foros por los que me suelo perder, que a todo el mundo le pasa algo parecido, a algunas personas con las que me veo y tengo oportunidad de charlar, les pasa lo mismo, por lo tanto, no debo de ser una excepción. Será que a la hora del brindis y las promesas todo es tan fácil que hasta nos engañamos a nosotros mismos.
P.D. (espero que dentro de dos o tres meses os cuente que estos proyectos los estoy llevando a cabo, del mismo modo, espero leer en vuestros blogs que estáis haciendo lo mismo)




