
Adquirí ejemplares de distintas latas en muchas tiendas y lugares hasta que ocupé demasiados rincones de la casa y me empezaron a cansar. Llené unas con hilos, otras con cremalleras, otras con botones y poco a poco todo mi ajuar costurero quedó perfectamente ordenado dentro de aquellas deliciosas latas que un día habían llamado mi atención. Pasaron los años y las fui colocando casi todas dentro de un armario donde guardo los útiles de la costura. Ahora viven en la sombra.
Aquella manía de coleccionar latas se me había pasado. No compré más, pero las tengo todas guardadas, como quien tiene un tesoro. Eran latas originales, especiales para mí, eran latas con encanto; ahora que esconden objetos de lo más variopinto, siguen siendo latas con encanto.